¿En verdad vas a dar otro aburrido discurso de protocolo?
¿Te toca como parte de tu trabajo ofrecer discursos protocolarios de cuando en cuando? Si tienes algún rol de responsabilidad y representatividad en una organización o empresa de más o menos envergadura, es muy seguro que así sea.
El problema está cuando líderes, portavoces y directivos tratan casi todos sus discursos o presentaciones como si fuesen protocolarios.
Y es que los discursos protocolarios -para que nos vamos a engañar- suelen ser más aburridos que un acuario de almejas.
Y es una pena que así sea, porque esto representa una oportunidad perdida.
Hace un par de semanas, por ejemplo, asistí a un cóctel de presentación de una fusión bancaria, en un hotel 5 estrellas de Barcelona.
Todo lujo: vino tinto exquisito, canapés de Nando Jubany, entorno impecable. Y sin embargo… fue un desastre. Al menos desde el punto de vista de la comunicación. Y te digo por qué lo afirmo de manera categórica.
Llegado el momento de la presentación, el CEO, un elegante señor de cincuenta y largos, trajeado, de pelo canoso y engominado, sube al escenario, saca un folio con su discurso y empieza a leer.
Palabra a palabra. Oración a oración. Párrafo a párrafo.
Sin mirar al público.
Sin emoción.
Sin conectar.
Eso sí, leyó con muy buena dicción y el discurso no duró más de diez minutos (algo es algo). Y así como llegó, se marchó.
Minutos después, entre canapé y canapé, me puse a preguntar a varios asistentes con qué mensaje se habían quedado del discurso. Qué les había llamado la atención.
La respuesta, el silencio. Nadie recordaba nada. !Ni yo!
Y pensar que el evento, con 250 personas y todo ese despliegue, debió costar como mínimo unos 15.000 euros. 15.000 euros para lograr que la audiencia solo recuerde los aperitivos, si acaso.
Un auténtico desperdicio de oportunidad.
La realidad es que este tipo de discursos son el pan de cada día. Desde pequeños actos institucionales hasta grandes eventos corporativos, todos con un punto en común: se desaprovechan los minutos más valiosos del encuentro.
¿Por qué? Porque, muchas veces, los líderes sienten que están ahí por compromiso. Saben que esas intervenciones también son parte del trabajo del líder, pero no lo ven como una oportunidad, sino como una obligación, un mero trámite insustancial, incluso una pérdida de tiempo.
Cuando llega el momento del discurso, actúan en consecuencia. Un discurso que ha preparado una secretaria: gris, aburrido, para salir del paso, de cero interés para el público.
Y no me refiero a que leen un discurso. Es una opción correcta si sabes cómo leer el discurso y si el contenido es relevante y ameno. El problema es otro.
¿Qué pasaría si, en lugar de matar de aburrimiento a la audiencia y diluir su liderazgo, los CEOs y directivos aprovecharan esos minutos para inspirar, emocionar y contagiar curiosidad por su organización, misión y visión?
¿No sería eso infinitamente más valioso para todos?
Un líder que comunica sabe que cada minuto que tiene frente a una audiencia es una oportunidad para poner en valor la organización que representa.
No querer, no poder o no saber aprovechar esas oportunidades comunicacionales desdibuja al líder.
Este artículo ha sido escrito por JC Durán como un aporte al conocimiento y divulgación de las buenas prácticas de la oratoria y el hablar en público.
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