Pensatoria: pensar con claridad para comunicar con impacto
Una de las ideas que más recuerdan mis alumnos y clientes, incluso años después de haber pasado por mis formaciones, es la siguiente:
“Una buena oratoria exige una buena pensatoria”.
La frase llama la atención, para empezar, por lo curioso del término pensatoria. Pero también porque invita a cuestionar una idea extendida: que para hablar bien en público basta con expresarte con soltura y elocuencia. Que comunicar bien es, sobre todo, una cuestión de estilo.
Pero JC ¿no es así? No del todo. Esa es solo la mitad de la historia.
Piénsalo. Puedes dominar la voz, gesticular con naturalidad, moverte con seguridad y transmitir simpatía y convicción con tu manera de hablar.
Pero, si lo que cuentas no interesa a tu audiencia, si el mensaje no está claro o si tus argumentos son difíciles de seguir, difícilmente conseguirás una comunicación eficaz.
Porque tan importante como saber cómo hablar, es saber qué decir.
Y para eso tienes que pensar y prepararte previamente. A esa preparación, que haces en privado y que consiste básicamente en reflexionar, analizar y decidir, la llamo pensatoria. Ese trabajo previo es la otra mitad del éxito.
La oratoria tiene que ver con hablar, la pensatoria, con pensar antes de hablar. Porque, para comunicar bien, no basta con ponerte delante de una audiencia y abrir la boca. Antes hay que ponerse a pensar. Y eso hay que hacerlo bien.
Sé que quizá esto que te digo parezca una obviedad. Y, sin embargo, mientras casi todo el mundo reconoce la importancia de hablar bien, pocas personas prestan la misma atención a pensar, seleccionar y organizar las ideas que van a comunicar.
Y eso es un error. No solo porque un contenido de calidad es fundamental, sino porque, como explico más adelante, trabajar la pensatoria de manera consciente y con un método, te va a permitir mejorar de manera directa y rápida tus comunicaciones en público.
¿Suena interesante? Vamos a ello.
¿QUÉ ES LA PENSATORIA?
La pensatoria es un concepto que he desarrollado a partir de mi experiencia como coach de comunicación, y que he incorporado a mi método de formación. Lo hice porque comprobé que poner ese nombre llamativo al trabajo de preparación ayuda a mis alumnos a entender mejor en qué consiste.
Entonces, ¿a qué llamo exactamente pensatoria?
Al proceso de reflexión, selección, organización y afinamiento del contenido de una comunicación en público.
O dicho de otra forma: es todo el trabajo mental que haces para decidir qué vas a contar, cómo vas a organizarlo y cómo vas a convertir tus ideas en un mensaje que merezca la pena escuchar.
La pensatoria tiene una importancia estratégica para el éxito de cualquier presentación. Y sin embargo, la mayoría de los profesionales aborda esta tarea de manera intuitiva, sin un método claro y, muchas veces, sobre la marcha. Reúnen información, preparan unas diapositivas, ordenan algunas ideas y confían en que todo encaje cuando llegue el momento de hablar.
A veces funciona. La mayoría de las veces, no.
Lo vemos continuamente: profesionales con experiencia y conocimiento de su especialidad que, sin embargo, dan presentaciones confusas, demasiado densas o poco relevantes para quienes les escuchan.
¿Cómo es posible que alguien que domina su materia tenga dificultades para comunicarla?
El problema no está en lo que sabes, sino en lo que cuentas. En no haber hecho el trabajo necesario para transformar datos, argumentos y conceptos en un mensaje claro, relevante y fácil de entender.
En definitiva, ha fallado la pensatoria.
Porque la verdad es que preparar una comunicación oral no es algo que salga automáticamente. Hay que saber cómo hacerlo. Y eso tiene su qué.
Precisamente por eso he desarrollado un método para trabajarla de forma consciente y ordenada, que es el que enseño a mis clientes y estudiantes.
¿Y LA ESPONTANEIDAD Y LA NATURALIDAD?
Antes de continuar, quiero detenerme en una cuestión que suele generar algunas dudas, e incluso cierta resistencia.
A veces, cuando insisto en la importancia de preparar bien el contenido antes de hablar en público, alguien me dice algo parecido a esto:
“JC, yo quiero verme natural cuando comunico. ¿No es mejor improvisar?”.
Y lo entiendo perfectamente. Nadie quiere parecer rígido, artificial o verse excesivamente pendiente de un guión. Todos queremos expresarnos con soltura, sentirnos cómodos y transmitir naturalidad.
Pero ojo con esto: lo que parece espontáneo no siempre es fruto de la improvisación. Muchas veces sucede justo lo contrario.
Los grandes comunicadores, esos que se desenvuelven con más naturalidad, suelen haber trabajado mucho sus intervenciones antes de presentarlas. Han pensado lo que quieren decir, han organizado sus ideas y han preparado sus argumentos. Y es precisamente ese trabajo el que les permite hablar después con soltura, sin que la preparación se note.
Ten en cuenta que cuanto mejor trabajas tus ideas, más libertad tienes para comunicarlas.
Cuando sabes cuál es tu mensaje central, dominas tus argumentos y tienes claro el recorrido de tu intervención, no necesitas estar pendiente de cada palabra ni agarrarte al guion como si fuera un salvavidas.
Puedes levantar la mirada, conectar con la audiencia, adaptar lo que dices a lo que está ocurriendo y expresarte con mayor espontaneidad. No se trata de eliminar absolutamente la improvisación, sino de evitar que se convierta en desorganización y termine apoderándose de tu comunicación.
En definitiva, una buena pensatoria no está reñida con la naturalidad: crea las condiciones para que aparezca.
PENSATORIA Y ORATORIA: LAS DOS RUEDAS DE LA BICICLETA
Quiero dejar algo claro: dar protagonismo a la pensatoria en este post, no significa que no le de importancia a la oratoria. Ni mucho menos.
De hecho, te propongo que veas la oratoria y la pensatoria como las dos ruedas de una bicicleta. Las dos son necesarias para avanzar hacia el objetivo de una comunicación de impacto.
Una nos ayuda a decidir qué vamos a comunicar y cómo organizaremos las ideas. La otra nos permite transmitirlas con claridad, expresividad y convicción, a través de una comunicación no verbal eficaz.
Ambas son necesarias y debemos trabajarlas de manera complementaria.
Ahora bien, si quieres mejorar tu capacidad para hablar en público, hay una razón práctica para empezar prestando especial atención a la pensatoria: puedes aplicar lo aprendido a tu próxima presentación y notar la diferencia desde el primer momento.
¿Por qué digo esto? Porque la oratoria requiere práctica y entrenamiento para mejorar aspectos como la modulación de la voz, la expresividad o el lenguaje corporal. Son habilidades que se desarrollan y consolidan con tiempo y práctica.
En cambio mejorando la pensatoria, no tienes que esperar semanas para empezar a obtener resultados. Puedes utilizarlo desde tu próxima intervención para ganar en claridad y concisión, porque podrás plantear estratégicamente tus comunicaciones, afinar mensajes y ordenar mejor tus argumentos. El impacto será inmediato. Y esa es una oportunidad que merece la pena aprovechar.
LAS 3 BASES DE LA PENSATORIA
Para trabajar bien la pensatoria, hay tres principios que conviene tener siempre presentes. Son sencillos de entender y fundamentales para preparar una comunicación eficaz.
1. La intencionalidad del proceso
Toda comunicación debe tener un propósito. Y ese propósito debe estar claro desde el principio.
¿Qué quieres conseguir con tu presentación? ¿Informar, convencer, explicar algo complejo, conseguir que tu audiencia tome una decisión? No es lo mismo una cosa que otra, y esa diferencia debe influir en todo lo que prepares.
La pensatoria exige tener una estrategia clara y utilizarla como guía durante todo el proceso. Cada idea, cada argumento y cada dato deben contribuir a ese propósito. Y si algo no ayuda, por interesante que parezca, quizá no tenga sitio en la presentación.
No se trata de contar todo lo que sabes, sino de elegir lo que necesitas contar para conseguir lo que te propones.
2. La orientación a la audiencia
Este principio parece evidente. Todo el mundo sabe que hay que tener en cuenta a quienes nos escuchan. Pero, cuando nos ponemos a preparar una presentación, es muy fácil olvidarlo, sobre todo si dominamos el tema.
¿Por qué? Porque el experto suele pensar en todo lo que sabe, mientras que el buen comunicador piensa en lo que su audiencia necesita escuchar.
Cuando conoces bien una materia, puedes dar por sabidos ciertos conceptos, utilizar términos que te resultan familiares o dedicar demasiado tiempo a detalles que te parecen interesantes. Incluso puedes organizar la presentación siguiendo la lógica con la que tú aprendiste el tema.
Pero esa lógica no tiene por qué funcionar para tu audiencia.
Quienes te escuchan pueden tener conocimientos distintos, otras preocupaciones o menos tiempo para asimilar la información. Lo que a ti te parece evidente puede resultarles complicado. Y lo que para ti es un detalle fascinante quizá no les aporte demasiado.
Por eso, antes de preparar el contenido, tienes que cambiar de perspectiva. En definitiva, dejar de pensar solo desde lo que sabes y empezar a pensar desde lo que los demás necesitan comprender y conmoverse. Tienes que centrarte en el público.
3. Diseñada para el oído
Hay algo que conviene tener muy claro: una presentación oral no es un documento escrito que se lee en voz alta.
Cuando leemos, podemos detenernos, volver atrás, releer una frase o dedicar más tiempo a comprender una idea. En una presentación oral, en cambio, las palabras van pasando y la audiencia tiene que seguir el hilo en tiempo real.
Este hecho requiere una manera de aproximación distinta al diseño de contenidos.
Preparar para el oído implica seleccionar la información, simplificar lo complejo, construir una secuencia lógica y organizar las ideas de manera que facilite su comprensión en la oralidad.
Pero no se trata solo de compensar las limitaciones del formato oral. También tenemos que aprovechar sus ventajas.
Piensa que cuando hablas en directo, puedes transmitir entusiasmo, despertar emociones, generar expectación y conectar con las personas que tienes delante. La voz, la presencia y la interacción permiten dar vida a las ideas de una manera que un documento escrito no puede producir. Y esa potencialidad hay que tomarla en cuenta al preparar el contenido.
En suma, una buena pensatoria está diseñada para el formato oral, tomando en cuenta sus exigencias y oportunidades.
IDEAS FINALES
Una presentación exitosa no empieza cuando tomas la palabra. Empieza mucho antes, cuando te sientas a pensar en cómo aprovechar esa oportunidad comunicativa y preparas los contenidos que te van a permitir llegar a los demás con tu mensaje.
Por eso, la próxima vez que tengas que preparar una charla o una presentación, no empieces directamente a redactar el discurso ni a diseñar las diapositivas. Detente y piensa. Tomate en serio la pensatoria. Y, si lo haces con método, mucho mejor.
Porque, como me gusta recordar:
No es posible una buena oratoria sin una mejor pensatoria.
¿Quieres aprender a trabajar ambas dimensiones y mejorar tu capacidad para comunicar con impacto? Conoce mis formaciones de comunicación en público y mis sesiones de coaching de oratoria.
Este artículo ha sido escrito por JC Durán como un aporte al conocimiento y divulgación de las buenas prácticas de la oratoria y el hablar en público.
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